La mirada que cayó en el universo (relatos de vida)

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Posa mi hermano J.L.A.V. y en la cámara, yo.

Son las 10:17 y acabo de volver de una inspección a los trabajadores. Anoté sus nombres, en que área trabajan y cual es su cargo. Ahora me dispongo a subir todo a la computadora. Todo estaba en orden de no ser porque sólo hace un momento fui al baño, me acorde que no me había cepillado los dientes y mientras frotaba mis dientes con un poco de pereza, me fije en las montañas que me rodeaban.

Me sentí pequeño, rodeado, totalmente desconcertado. Estaba fuera de lugar o quizás en el lugar indicado para entender que no lo soy todo. El pequeño poder que tengo y del que bebo cada vez que me siento menos que los demás, en ese momento no sirvió de nada. En ese momento nada en este mundo me pudo devolver al estado que tenía.

Me pregunto por qué estoy aquí si soy tan pequeño, de qué le sirvo al mundo, de qué le sirvo al universo. Las huellas que marcan mi camino ni siquiera estarán presentes por un solo instante del eterno tiempo del universo. ¡Qué pequeño soy!

Me dan ganas de llorar… llorar de impotencia. Cierro los ojos. Me dan ganas de doblegar al mundo, a todo lo que esta a mi alrededor; pero: ¡Qué pequeño soy!, que inútil. ¿Qué me queda por hacer? No puedo quedarme aquí sin hacer nada. Deseo correr. Doy uno, dos, tres pasos. ¡Qué lejos está la cima hasta de la más pequeña montaña de entre las que me rodean! ¡Qué grande es el mundo! ¡Que grande es el universo!

Las pupilas se me dilatan, mi ojos quieren salir, quieren irse a ver lo que hay allí arriba donde no distingo nada. No logran su objetivo, pero ven las nubes. Siempre lejanas. Como las montañas, como el sol detrás de las nubes, como el pasto debajo de mis pies. El pasto se aleja. Estoy flotando. No, no estoy flotando. El mundo está flotando por encima de mí. Arriba, muy arriba, donde no alcanzo a distinguir, donde las formas se confunden. Todo está oscuro. No, no es eso. Es la montaña, es la montaña que crece y crece como si estuviera incitado por un conjuro. Quiero ver mis manos, quiero ver mi cuerpo, quiero correr al espejo en la oficina que me deje verme. No veo nada, absolutamente nada, nada de nada. La mirada que parte de mis ojos se pierde en la inmensidad de la oscuridad, sombra del universo, que me rodea.

Ya no puedo más. No distingo mis rodillas, pero siento que se arrodillan. Quiero cerrar mis ojos, pero no puedo, ¡No puedo! Mis manos, eso es, mis manos…

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Poso yo y en la cámara, mi hermano.

Con las manos tapando mis ojos y con una nueva oscuridad sentenciada a mi mirada, intento calmarme. Es difícil, quizás no pueda. Me parece que es la misma oscuridad de hace un rato. Me parece que no podré más. Me parece que no hay nubes. Ahora sé quién eres, oscuridad.

Eres tú, la que en otros tiempos me dejo sin nada a mi alrededor, esa que no se inmutó cuando ni siquiera podía ver mis sentidos. Eres la que me robó la compañía de mi soledad. ¡Mierda!. ¿Cómo te odio? Sí, ya sé que sólo fui yo, que sólo fueron fantasmas en mi mente; pero te odio… pero no te vayas. Sí, ya sé que nunca dirás nada, que todo lo que sé de ti es por mí. Datos tan confusos como el pensamiento que me predispone a pensar como pienso. Ahora no sé quién eres: ¿Quién eres?

Qué importa. Otra vez no dirás nada, pero no te vayas. Qué agradable te siento ahora, cuando sé lo que hubiera querido saber tiempo atrás. ¡Y!, ¿Qué es lo que sé? No sé. No te vayas, no preguntaré más. Eres fría, pero menos que yo. Déjame quererte sólo esta vez. Te amo, gran oscuridad. Te necesito ahora, pequeña oscuridad. Te odio. Qué grande eres tú también, oscuridad. Tan grande que nadie podrá penetrarte para hacerme daño.

Ahora, cómo siento que te extrañé. Recuerdo que te extrañé, pero no sé si sea verdad. Lo cierto es que ahora que estas aquí, te extrañe demasiado. Que lindo es tenerte cerca de nuevo, que lindo se siente el dolor de mi desesperación ahora que estás aquí y está mutando a una mariposa que tiene tatuada en sus alas: Alivio. ¡Qué hermoso es llorar!

Una lágrima se escapó de mi manos. Una gota grande, quizás brillante. No sé. Mis pupilas las siento normales. Quito mis manos y sí; es una gota grande, brillante, resplandeciente: hermosa. Y se multiplicó al chocar con la hierba que pisan mis pies. Fuegos artificiales inundan de color platino y dorado, todo. Y todo se vuelve normal.

¡Que grande eres, universo! Pero aún así estás siempre junto a mí. ¡Que grande eres, universo! Tan grande que nadie que quiera hacerme daño podrá penetrarte. ¡Que pequeño soy! Tan pequeño que puedo caber en ti, que puedo acurrucarme a ti.

Veo las nubes posar por encima de la montaña y tengo la impresión de que el mundo esta rotando o, por el contrario, que las nubes están rotando. Todo se mueve. Nadie se que queda en el mismo lugar, ni las montañas, ni los árboles. Todos se mueven. Sin pies y sin manos, se mueven. El camino detrás de mi, tampoco esta quieto, se mueve. Y yo… y yo necesito moverme. Yo voy a moverme y te conoceré, universo. Te conoceré casa mía. Ahora que sé que existes, hogar, ahora que te reconozco, hogar. Sabré un día quién eres.

Yoko Kanno–Inner Universe
(Melodía sugerida para finalizar el relato)

PD: Escrito que data del 10/02/07.

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