Vidas abandonas en casas derruidas

Cuando niño tenía una curiosidad morbosa por las construcciones. Alguna vez me puse a pensar cómo sería poder conocer todos los rincones de todas las casas y construcciones del mundo. Pero ya desde entonces me parecía que sería un trabajo arduo y eventualmente imposible.

Ayer, coincidentemente, veía una galería de fotografías de poblados enteros abandonados y un post sobre un pueblo que yacía sobre el infierno. Entonces mi curiosidad volvió a renacer. Sólo que ahora no quería conocer los rincones de las casas, quería saber de las historias que ahí se forjaron. De todas las vidas que ahí habitaron.

Yo sé que las razones para el abandono de un cúmulo de materia con forma de casa al que alguna vez alguien pudo llamar hogar, son casi siempre económicos. Pero también están los casos menos felices, como las muertes repentinas.

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En lugares donde la violencia alcanza grados altísimos, las personas mueren y como cualquier muerto, dejan sus pertenencias en la tierra. Y claro, las vidas que más rápido se extinguen, son las vidas jóvenes, esa carne fresca que tanto gusta de la lucha y los conflictos e ideal para defender ideales. Entonces se quedan los huesos viejos viviendo en una casa que va perdiendo su vida. Poco a poco la maleza va ganando terreno y los rincones donde antes la hierba ni se atrevía a crecer, hoy crecen matojos de impúdica frondosidad. Al final, parece que, si hay suficiente agua, siempre seremos los primeros en morir y las plantas los que finalmente se alimentarán de nuestros restos. Y las plantas, además, tienen una paciencia devastadora. No engullen con la glotonería propia de un hambriento o un ser fundido en su ambición. Dan delicados mordiscos, finas lamidas a los pilares y paredes de una casa y más que un acto de alimentación, parece una fusión lenta y amorosa. Hasta que un día todo lo cubren y los restos se digieren lentamente en el vientre de la madre tierra.

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Pero hay construcciones y construcciones. Algunos están tan lejos de algo que pueda calificarse de vida en cualquiera de sus formas, que sólo parecen hogares de resguardo de las eternas ánimas que vagan en busca de un lugar en el mundo. Y cuando uno se adentra en ellos, el aire no es aire, son almas de miles y miles de vidas que fueron y serán, los que atravesamos al caminar. Por ello, al avanzar se siente las nostalgia inmensa de un algo que no sabemos qué es, se siente la suave sensación de nimiedad y el presentimiento de que estamos hechos de sustancia perecible, con fecha de caducidad. También percibimos la alegría y los buenos momentos de miles de años, pero la propia esencia pasajera de la felicidad nos trae el sentimientos al que los humanos más temen y rehúyen: la insignificancia. En momentos como esos, las cosas siempre se resumen en las eternas preguntas: ¿Qué somos? ¿Para qué estamos aquí? Y sea cual sea la respuesta, sentimos miedo de la verdad, porque puede que no sea lo que esperábamos o deseábamos.

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Y aún hay más construcciones. Castillos hechos para la batalla o palacios edificados para reyes y reinas. Todos son aptos de ser abandonados si las circunstancias lo requieren. Civilizaciones enteras perecieron y se llevaron consigo las historias de las vidas más significantes e insignificantes. Todos, en la larga edad de los años, somos nada. Porque ¿Podría alguien decirme si conoce a todos los emperadores, reyes, gobernadores, zares, etc. que vivieron a lo largo de nuestra historia en los distintos puntos del mapa? Conquistadores que legaron su vida a la grandeza o humildes sirvientes que nunca supieron el significado exacto de la dulzura de un simple caramelo bien preparado, hoy no son nada para nosotros. Es más, es casi seguro que ni siquiera conocemos la línea de nuestra descendencia y nuestros recuerdos sólo alcanzan al abuelo o al bisabuelo, pero más atrás, todo son nubes.

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Hay también cementerios abandonados. Lugares de descanso donde da lo mismo rey o esclavo y donde ambos pueden dormir lado a lado, en la misma vecindad; siendo alimento de los mismos gusanos. ¿Pero alguien ha caído en cuenta en lo patética que es la idea de una tumba? Hay tumbas sin una visita en años, quizás siglos y quizás ya nadie sepa dónde es tumba y donde no. ¿Alguno visita la tumba del abuelo del abuelo del abuelo? ¿Sabe al menos dónde está? ¿Alguno piensa que el nieto del nieto del nieto de su nieto irá a poner hermosas rosas sobre su tumba y derramará una lágrima por toda la vida que se nos extinguió?

Pero también hay vida en esas paredes: las lágrimas de un niño que encontró el primer fantasma bajo su cama, las discusiones monetarias de una pareja, las noches en familia, la rebeldía del adolescente de turno, el arrepentimiento de adulto de turno, la pereza existencial del anciano de turno. Todas las cosas que pasaron, todas la carencias que tuvieron o las alegrías que llenaron sus corazones, no han sabido tatuarse ni perpetuarse en la pintura del lugar, en las piedras de las construcciones, en cualquier material usado para edificarlo. Y, peor aún, nadie intuía siquiera el abandono. El dejar todo atrás y que tus hijos ni siquiera recordarán algo que alguna vez pudiste llamar hogar; porque habrá siempre uno nuevo y otro más nuevo y así hasta el fin de los tiempos.

Jorge Gonzales–Mi casa en un árbol
(Melodía sugerida para finalizar el escrito)
Recopilación de imágenes de casas abandonadas con una música de fondo bastante buena.

PD: Todas las fotografías fueron hechas por mi.

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