La bala y el niño (poema de guerra)

Shearwater–Roocks
(Melodía sugerida para leer el poema)

La bala Pt.1

Y otra vez saltó la misma bala del mismo fusil…

El resto del universo

En una lejana galaxia en el espacio profundo y en su opuesto lugar
se derriten las ansias y se congelan las alturas como los dedos
que van dejando estancias en las línea del cuerpo.

Alguna extraña sabiduría que se enmaraña a las esquinas
de esta sufriente decaída hacia la desgracia.
Hacia una inocencia que se acaba de la manera más brutal.

Es una condena que empezó en un confín lejano,
más lejano que la degradación que los seres han predado
y alimentado su confidencia destructiva en color rojo.

Es un Dios que enardece un lejano hilo hacia una próxima
extremidad y ya caído el telón, el último acto se perpetra
tras el público que habita impávido su dulce hogar lejano.

Es una calma atrevida y denigrante que parte
cualquier dolor y la hace despojo. Láminas en la piel
con un mapa que tiene los mismos puntos, el mismo universo.

El resto del mundo

En la línea del horizonte donde se entabla la conversación
entre el cielo y la tierra, termina la incumbencia del humano.

Aquí, en mi casa, el aire carga lo único de vida que recibe
nuestro cuerpo de pútrida ceniza muerta y caminante.

Allá, en la casa del vecino, hay risas y felicidad y normalidad
y una mascota que salta tras una luz en la pared.

En toda la calle es oscuridad lo que abunda
y ni la luz del día puede iluminar la cara oscura de la realidad.

En toda en la ciudad es ruido de la vida propia
y sus poros de individualidad filtran cualquier bacteria.

En el país, en el continente, en todo el resto del mundo
de aquí, que no es cerca: el hedor a vida es insolente.

El pueblo

Corren cuerpos añorando un futuro que se derrite en
las manos de un grito que se pierde en la inmensidad del ruido.

Allá, en una esquina, cae un cuerpo
y cuando llegó al suelo, no existía nadie que la recuerde.

¿Podría decirse que esto alguna vez existió?
¿Podría decirse que alguien alguna vez murió?

Los bordes del cuadro contienen la irremediable escena,
su estática muerte, su silenciosa desgracia, sus verdugos
y el rojo, rojo… ¡Tan rojo!

Jinetes de metal sobre monturas de plomo
cabalgan su escafandra contra los bultos del corazón y la extinguen.

Y ni los gritos, ni las súplicas, ni el llanto, ni la sangre…
tanta sangre;
incitan un ápice de compasión.

El pasado

Eran una familia de gran envergadura.
De sueños que se expanden más allá de sus posibilidades
y viven en la lejanía, la virtud del nunca rendirse.

La tía que vive en una esquina de la habitación.
Fea, desflorada, vieja y sin esperanza de si misma;
puso sobre sus sobrinos todo el brillo de su vida.
Los miraba crecer como capullos nacidos de su vientre
y es madre, amiga, confidente, amante.

La tía que caminaba con prisa por las estrechas calles
de ese inexistente lugar
fue quien visitó la muerte primero.
Y su cuerpo extenso cayó meses atrás.

El luto fue inhóspito y desgarrador.
Más en un lugar donde todos morían de vejez.

Y le siguió la abuela, cuando una mañana defendió sus animales.
Y luego el padre, que nunca supo de la prudencia y desafió.
Y luego el hermano mayor, que era ya un hombre de 12 años.
Y luego la hermana, que conoció el placer en el dolor y la muerte.

Y se quedaron solos, su hermanito mayor y él.
3 y 2 años.

El hambre se llevó a su hermano y lo dejó solo.

El futuro virtual

Tras su casco de oxígeno corre a las líneas de su futuro
Y en cada rutina expresa su inflexible tallo de luchador
derramando con sudor, el olor de su aventura.

De esos tiempos en un lejano lugar,
sólo queda la memoria nostálgica de algo que late mejor.
Y que, aún así, no es suficiente y lo impulsa más.

De todos los días que conoció, de todas las noches en las que durmió;
las sombras o las luces aún no definen sus fronteras,
y él amasa su vida de sustancias opuestas,
y cose al calor del sol, el barro de su cuerpo.

Un día encontró la vida que se hace suya y que pudo llamar amor
para darle esos besos infinitos que rebasan los labios
hasta tocar las zonas menos materiales de la humanidad de una mujer.

Y tras el brío de la pasión, llegó la vida de la progenie.

Fueron críos saltando en los jardines de la familia.
Su número era aritmético y su alegría, geométrica.
Y las mamas de la madre, una fuente en pleno fervor.

Entonces fue cuando la vida cobró sentido,
Un sentido sin claro limite, un sentido instintivo e inexplicable;
que bordó parámetros de plenitud en esas vidas tan pequeñas.

La realidad

Pero no fue el futuro lo que llegó.
Ni fue la bala quién lo mató.
Él, el pobre niño, parado y muerto en llanto y miedo en medio de la plaza;
ya estaba muerto antes.
Antes que el jinete de plomo tocara siquiera la piel de su frente.
Antes, siquiera, que su galope perturbara el aire.
Tan antes, que ni la mano de Dios podía salvarlo ya.
En sus ojos la vida no existía.
En su alma era una mancha oscura lo que dibujaba su memoria.
En su pequeño cuerpecito, tembloroso,
el futuro era una broma de divina crueldad.
El niño estaba muerto.

La bala Pt. 2

… y la misma bala cayó en la misma cabecita del mismo niño ya muerto.

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