Un anciano muy triste (relatos tristes)

Tengo afinidad por las personas que sufren algún tipo de dolor. Me parecen interesantes per-se. Por alguna razón, cuando el dolor toca las pequeñas existencias de las personas, las vuelve más cercanas. Como si la esencia humana fuera más palpable cuando los seres están por romperse.

Es una atracción fatal.

Ahora lo llevo mejor que antes. Cuando era más joven, era un niño más sensible. No podía evitar soltar una lágrima al ver el rostro triste de un anciano pidiendo limosna. A veces vaciaba mis bolsillos para darle algo y no dormía días enteros. La miseria me poseía por completo.

Una ves, a la edad de 15 años más o menos, fui a vivir con mi padre una temporada. Él trabajaba en una pequeña ciudad llamada San Marcos. Un día me llevó a visitar un jardín.

La entrada tenía una puerta de madera endeble y mal construida. Daba la impresión de que en realidad la entrada no estaba diseñada para llevar una puerta y que esta era una formalidad necesaria para proveer alguna seguridad al lugar. Obviando la puerta, la entrada era un arco tejido de hierbas trepadoras que delataban una rara combinación de cuidado y descuido. Parecía cuidado porque las plantas se aferraban muy bien unas a otras y el arco se formaba con gracia. Y parecía descuidado porque las plantas en si mismas, tenían magulladuras en sus hojas y sus colores estaban desgastados. Yo que no soy un experto en temas de plantas, pensé que se debía a la estación en la que estábamos; pero pronto me di cuenta que quizás ese no fuera el caso.

Pasada la entrada, había un sendero con una pared cercada por otras plantas trepadoras a la izquierda y una vista del jardín a la derecha.

El jardín era conceptualmente hermoso. Estaba ubicado en una propiedad justo a orillas de un río, así que el agua que se usaba en el jardín, provenía del río. En esa época, recuerdo que las aguas estaban un poco turbias, por lo que la hermosura del lugar quedaba un poco disminuida, pero en general, todo hermoso; aunque aún así tenía un aire raído que no terminaba por gustarme. De cualquier manera, seguí con mi recorrido. Y pasé por una especie de pileta artificial hecha con plantas, piedra y barro. El diseño era inquietante porque el agua literalmente subía por encima de su nivel y caía formado pequeñas cataratas en miniatura hacia un estanque repleto de plantas acuáticas. Estuve un rato tratando de averiguar cómo es que sucedía eso. No veía una bomba o ningún tipo de aparato mecánico que subiera el agua, así que terminé por pensar que habían construido una especie de bomba natural, aunque no sabía muy bien cómo. supongo que en algún lugar del interior de la pileta habría una ingeniosa construcción que crease vacío. No lo supe. Seguí con mi recorrido y di con algunas plantas de una hermosura muy particular. Habían flores que jamás había visto en mi vida y menos en esa parte del mundo. Habían puentecitos que conectaban islitas artificiales y en cada isla había un tema floral. En una isla todo parecía morado, en otro todo parecía amarillo y en otro todo parecía rojo. Habían también cosas que desentonaban como, por ejemplo, un gran tronco asentado sobre dos de las islitas. Y a un costado de la propiedad había una pequeña casita que a penas y tendría dos habitaciones, a lo más tres (Ya no recuerdo muy bien).

De pronto, de una de las puertas de la casa salió un anciano que llevaba una bolsa de sal en la mano. Tenía la expresión humana más triste que he conocido. Su tristeza era desoladora y profunda y me invadió por completo. De pronto me sentí irremediablemente despreciable. Cuando pronunció su primera palabra, era la voz misma del dolor la que salía de esos sonidos. Mirarle, escucharle hablar, sentir su presencia; todo era doloroso.

No recuerdo muy bien de qué fue la conversación, pero seguramente fue algo así: primero nos saludamos, luego nos presentamos y dijimos que estábamos de visita y el anciano, triste, tan triste y solo, extremadamente solo, nos habló sobre su jardín y un poco de su vida. Nos hablo con la desesperación de quien pocas veces cruza palabra con otra persona y se sentía el tono de súplica en cada sonido que emitía. Se sentía el tono de alegría dolorosa en cada palabra. Algo así como cuando te sientes tan alegre —y no terminas por creerte que alguien pueda interesarse por ti— que te dan ganas de llorar. Salvo que en este caso, la sensación y la manera en la que el anciano delataba sus sentimientos en su cuerpo, era extrema.

Nos contó sus preocupaciones sobre la falta de agua, que al parecer se debía a que el río había bajado demasiado su caudal. Nos contó su preocupación acerca de lo turbia que estaba el agua. Se disculpó por lo mal que se veía su jardín con el agua turbia. Nos explicó que cuando el agua estaba cristalina, el jardín era mucho más hermoso. Que en épocas mejores del año, las hojas no estaban tan ajadas. Que tenía un problema con el abono y que no tenía el dinero suficiente como para comprarlo y que por eso sus plantas enfermaban. Nos contaba de lo delicadas que eran alguna de sus flores. Nos decía que como era tan anciano, el trabajo que realizaba en el jardín era cada ves más esforzado y poco efectivo. Nos pedía perdón por el descuido que tenían algunas plantas y nos invitaba a recorrer el lugar. Nos dijo que tenía que hacer algo en un lado del jardín y que mientras acababa con su labor, recorriéramos el lugar. Luego lo vimos hacer algo con una plantita en una de las islitas y nos dio el alcance con su paso cansado y viejo. Entonces nos hablo de la familia que tenía. Nos contó que tenía hijos. Y que, es más, eran justo esos que estaban sentados comiendo el almuerzo en una esquina de la parcela adiasente al jardín. Al parecer hacían algún tipo de trabajo, pero no le habían invitado. Ni siquiera lo miraban o lo saludaban y, es más, se habían empeñado en que debería dejar el jardín y darles la parcela a ellos. Nos contó que antes su jardín era todo el lugar, pero que sus hijos habían conseguido arrebatarle la mitad de la parcela y habían destruido y matado todo lo que contenía. Y, mientras, nos señalaba dos piscinas que ya no tenían nada y que parecían dos fosos cavados para algún cadáver. El contraste era evidente. La frontera era atrevida. En el rostro del anciano se dibujaba el profundo dolor de ver que lo que antes era suyo y hermoso, estaba totalmente denigrado y destruido. Se quejó un poco más de sus hijos, pero lo que realmente parecía causarle dolor era que hayan destruido parte de su jardín y que al final ni siquiera hicieran un buen uso de la parcela. Luego nos contó que ese enorme tronco que estaba tendido sobre dos de las islitas, era producto de una venganza de sus hijos, al ver que su padre no quería entregarles su jardín. Nos dijo que si pudiera lo retiraría, pero que no tenía fuerza para mover el gran tronco —y la verdad es que se requería de por lo menos 10 personas fornidas para mover el gran tronco—. Luego el anciano nos dijo que tenía que seguir trabajando y se fue a su casita —pero yo sabía que iba a comer lo poco de comida que tubiera—.

Nosotros estuvimos un rato más dando vueltas por el lugar y hablando de la ingratitud de los hijos y de cómo puede alguien llegar a cometer actos tan despreciables. Ahora que lo pienso, quizás los hijos tuvieran sus motivos, pero aún así, eso no justifica lo que hacían, aunque puede que sí los explique.

Al despedirnos, fuimos a la casita y el anciano, con una vergüenza profunda, nos cobró el monto de la entrada. Tenía un plato de habas cosidas en la mano. Era quizás una de las personas más tristes y desoladoras del mundo entero, pero nos ofreció una rebaja. La entrada estaba a un sol por persona (Unos 28 centabos de euro), pero nos dijo que la había pasado bien y sólo nos cobraría la mitad. Y cuando vio a mi padre rebuscar en sus bolsillos, pensó que quizás estaba exagerando y ofreció cobrarnos sólo a uno de nosotros. Afortunadamente mi padre encontró el dinero y le dio un billete de 10. Fue luz lo que vi, la luz más alegre y triste que puedan expresar unos ojos. Entonces cogió valor y se animó a pedirnos un favor. Nos dijo que no nos cobraría si prometíamos que si alguna ves volviésemos al lugar le llevásemos revistas de jardinería. Mi padre le dijo que se quedase con el dinero y que si volvíamos le llevaríamos unas revistas. Inmediatamente mi mente comenzó a buscar imágenes de revistas de jardinería y me di cuenta que nunca había visto una y lo que es peor, no tenía idea de dónde los podía conseguir. En la ciudad donde yo vivía (Huaraz), no había a penas una librería. Y mucho menos un lugar donde vendiesen revistas de jardinería. El anciano nos mostró las revistas que él tenía y las cogía con la delicadeza de quien tiene un tesoro entre las manos. Eran revistas antiquísimas, tanto que podría decir que eran de los 80 o alguna fecha similar. Aún así, su estado de conservación era todo lo bueno que se puede esperar de revistas que debieron de ser hojeadas y usadas cientos de veces.

Yo estuve radicalmente triste y me sentí más despreciable de lo normal por un largo periodo. Debieron ser unos meses hasta que el dolor de ese encuentro y esa visita menguaron. Habían noches en las que me daba por llorar y me sentía indigno de todo lo que tenía, que no era mucho, pero que aún así tenía. Sentía dolor por ser joven. Sentía dolor por ser tan hábil para ciertas cosas. Sentía dolor por la comida que comía y que me parecía de por si un lujo. Sentía dolor por la cama donde dormía. Sentía dolor por el techo que tenía sobre la cabeza y por la electricidad que daba luz a la habitación. Sentía dolor por mi privilegio. Sentía asco de mi mismo en toda mi extensión. Y sentía impotencia, porque aún queriendo hacer algo, tenía la gélida seguridad de que no podía hacer nada.

Fue entonces, aunque no lo supiera aún, que aprendí lo que significa el nunca rendirte de verdad. Yo nunca he sabido muy bien cuál es mi vocación, mi sueño o cosa parecida; pero admiro a quienes teniendo eso claro o no tan claro, luchan por lo que quieren sin importar si en el camino han perdido mucho o todo. Admiro a los que aún sabiendo que van a perder, salen a luchar y luchan hasta el morir. Admiro a las personas que no miden su felicidad con el éxito que tengan y que, es más, tampoco les trae con mucho cuidado el asunto de ser felices. Admiro a quienes sufren de una atracción fatal hacia la labor que realizan.

Y como dice la canción que enlazo más adelante: ya no tiene sentido abandonar, no late el corazón. De esta frase, yo, quizás forzando la idea, también extiendo mi concepto sobre la vida. Es una concepción más bien reciente pero explica lo que de alguna manera ya sabía por intuición. Y es que tanto para sentir dolor o alegría, amor o indiferencia; para cualquier cosa, el requisito imprescindible es la vida. Y aunque puede que la vida no sea nada significativa o apetecible, tal ves sí que esconda su magia y razón de ser en si misma. Últimamente he pensado que la vida se explica a si misma en su realización y no en su conceptualización. Quizás sea “vivir” y no “vida”, la escurridiza palabra que todo poeta está buscando.

Héroes del Silencio–Apuesta por el Rock & Roll (Una canción que habla de algo parecido)
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