Conversación hija padre, padre hija.

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Estoy tratando de encontrar toda mi vida en algún lugar. O encontrar un lugar para mi vida. No importa.

Padre, padre, por favor, entiéndeme. Todo este tiempo he estado perdida y aún no creo haberme encontrado.

Hija, hijita mía. Yo trato de escuchar el latido de tu corazón, pero es el mío que suena también y me dice que en tu largo camino habrá mucho dolor. No lo deseo para ti. No sabes cuánto imploro porque tus elecciones sean las correctas y no tropieces. Pero tú no escuchas, tú caminas por tu cuenta sin importar cuánto pises mi corazón.

Estoy fuera, padre, estoy lejos. No soy yo, ni tan siquiera eres tú. Somos mi distancia y tu miedo. Entonces, cómo quieres que cuide de ti, si ni puedo con el mío propio. Lo sé, lo sé, también eres humano y yo no soy ya tu hijita, soy una mujer y debería pensar más. Pero pienso, pienso muchas noches y no encuentro respuestas o soluciones; sólo lágrimas que recorren mi mejilla hasta el dolor.

No, no, no mi pequeña. Yo soy quien debe cuidar de ti. Soy yo quien debe velar por tus noches y las tormentas que te asechan. Pero tu huyes a la tormenta y yo te sigo, pero tú te  vas aún más lejos. Quisiera parar la tormenta, todas las tormentas. Las del presente y las del futuro, pero no puedo. Y ruego al espacio vacío, pero es sólo mi voz la que vuelve. Y dime tú, qué puedo hacer cuando lloras en privado y huyes hacia tu mundo cuando quiero acompañarte. Dime, ¿Tan viejo soy? ¿Es que crees que no puedo ayudarte? ¿Es que piensas que toda mi experiencia es sólo un aburrido discurso que jamás puede aliviar tu dolor? Sabes que me duelen tus lágrimas y tu dolor, pero me duele aún más verme lejos de todo lo tuyo sabiendo que sufres ahí.

No puedo, padre, no puedo desnudarme frente a ti. Es vergüenza, es miedo a decepcionarte. Yo quiero que me veas como una mujer, pero no una mujer cualquiera, de esas que pierden un beso en una fiesta, de las que abren las piernas con la peor elección, de las que seducen chicos y chicas, de las que dicen mentiras por no poder decir la verdad, de las que son detestables con sus amigas y amigas, de las que sienten vergüenza de su familia y de sí mismas, de las que ocultan sus errores bajo el maquillaje y una grácil sonrisa; pero me temo que soy culpable. Culpable de todo y no puedo soportar la mirada que se dibuja en tu rostro cuando descubres que no soy perfecta, ni tan siquiera aceptable. Y que mis años de infancia nunca fueron años de inocencia y la perversidad está en mis venas y no puedo evitarlo.

Duele hija, duele; pero la verdad no está hecha para ser placentera, está hecha para ser esclarecedora. Todos tenemos errores, hija mía, niña mía. Y todos hemos sido jóvenes. Algunos hasta intentamos ser buenos jóvenes con buenos pensamientos y buenas acciones; pero me temo que los pocos años y la ansiedad por el mundo pesan más y hay muy pocos que pueden presumir de no haber tropezado o, al menos, tropezado poco. Mis ojos expresarán su verdad, es cierto, pero mi amor no cambia: se adapta. Quién si no yo podrá quererte aún sabiéndote la persona más despreciable del mundo. No importa, mi niña. Nada, ni tan siquiera saberte asesina, puta, despiadada, fría o loca podrá un día apagar toda la llama de mi amor. No, eso nunca. Nuestra unión es más que el orgullo o la decepción. Nuestra unión es innegable, insondable, inmutable y eterna. No le busques forma lógica: no. Búscale ese sentido inexacto que aún sin saber por qué, nos liga y nos da la seguridad de que estamos unidos sin saber cómo: es todo.

Padre, papito. No puedo, no puedo. Es que mi mundo no está hecho para que esté abierto a tu escrutinio. Me daría miedo caminar por los pasillos de mi propia morada. No puedo vivir pensando en qué te hará feliz y qué no. Es un trabajo que no puedo completar ni en mi misma.

No, no hija mía. No me confundas, no quiero ser tu confidente, ni tu amigo, ni tu amante, ni tu conviviente. Soy tu padre y quiero ser tu padre. No quiero que me busques para contarme de la última travesura que cometiste. Quiero que me busques cuando tu última travesura no salió como tú pensabas. Quiero que cuando ya tus amigos no puedan congeniar contigo y apoyarte en tu locura, sea yo quien guarde tus lágrimas y salgamos adelante. Y dejarte libre para ti.

(…)

Y así continuó un dialogo interminable donde el parecer de la generación anterior trata de congeniar con el parecer de la siguiente generación. Quizás ese sea un problemas sin solución; pero en la solución puede que no haya ninguna armonía o que no exista. Pero lo importante, siempre, será que ambas partes estén dispuestas a negociar. A tratar de entenderse; porque esa sola intención puede que sea lo más que se pueda lograr. Porque ni la anterior generación está hecha para parametrar la siguiente, ni la siguiente está hecha para romper todo aquello de lo que no gusta.

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