Infiniticientas páginas por leer

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Cuando pienso con mucha fuerza, con muchas ganas, como me enseñó mi maestra; soy inteligente.

No se lo digo a nadie, pero de vez en cuando, antes de dormir, estudio esos libros que no tienen figuras. Sólo mi hermano menor las toca, porque él es muy inteligente. He descubierto que no son tan difíciles. Tienen muchas y muchas letras, pero luego del mareo inicial, todo va bien.

Me siento como en un tobogán. Un largo y enorme tobogán. Son tantas palabras y están todas tan juntas. A veces me equivoco de línea, pero no me importa porque puedo empezar una y otra vez. Es como subir a la cima del tobogán mil veces: nunca me canso. Y vuelvo a bajar a toda velocidad. Y las palabras pasan por mis ojos en cascada.

Hoy terminé de leer un libro gigantesco: tenía 58 páginas. Todavía no puedo creer que lo consiguiera. Por eso hoy estoy celebrando. He robado un pedazo de tarta de la tienda de mamá y también cogí una vela. Nadie me vio. Hoy no es mi cumpleaños, pero no se me ocurría otra forma de celebrar.

Yo sé que un día seré muy bueno. Algún día leeré libros de cien páginas. De infiniticientos páginas y no me cansaré. Y entonces ya no seré tan tonto.

Y así, quizás, algún día me dejen comer en la mesa con todos los demás: con mi madre, con mi padre, con mi hermano, con mi hermana la pequeña y quizás hasta me dejen tener una silla donde sentarme.

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