Método infalible para solucionar un problema económico

Monedas y BilletesCuando salió de casa sólo tenía un corazón negro en el pecho de compañía. No esperaba que las cosas fueran a mejorar, ni tampoco tenía la esperanza de que empeorasen. Sólo tenía la lejana seguridad de que quería seguir el camino. No importa cómo, ni importa a dónde.

Caminó con vehemencia por un largo rato hasta que sus pies se cansaron y decidió descansar sobre la hierba de un parque. Se puso a pensar en la infinidad de cosas en las que una persona como ella podía pensar y luego, cuando las estrellas se fijaron en sus ojos, supo, como por instinto, que debía volver. Claro, no es que necesitase una clarividencia para salir del lugar, simplemente su vida se resumía en pequeños impulsos que parecen abarcar una sucesión de hechos de compleja trama en donde cada instante, cada decisión cuenta y podría variar irremediablemente algo que si fuera de otra manera no sucedería. Entonces todo era importante y en este momento, el presentimiento de su alma dictaba que debería volver. Ella se deslizaba con maestría por los sensibles hilos de la vida. Navegaba en ese estrepitoso río como quien flota pausadamente en un mar infinitamente calmo.

A su regreso, se cruzó con unos amigos. No se podría decir que fueran sus mejores amigos o que tan sólo fueran sus conocidos. Había en ellos una amistad rara.

El Tuerto, que se llamaba así, justamente porque le faltaba un ojo. El Ciego, que se llamaba así no porque estuviese ciego sino porque tenía unos ojos enormes. El Varas, que se llamaba así porque tenía una verga enorme (al que, cuando podía, le gustaba relucir y presumir).

El varas fue el que saludó primero y no dejó de aprovechar el momento para bajarse la bragueta y relucir prominente miembro ante los ojos de la chica mientras recitaba un piropo de los suyos: Mamacita, aquí mi verga ya no puede aguantar encerrao, solito y con sed. Por qué no le das de beber de la miel de tu conchita chiquita y apretadita.

La chica apuntó su mirada fuera de ese gran miembro y quiso ver hacia otro lugar, pero no puedo dejar de notar que era enorme y que se iba parando mientras el varas se lo agitaba frente a sus ojos. Una extraña mezcle de lujuria y asco recorrió sus nervios y sólo atino a acelerar el paso.

El Ciego volvió el cuerpo para apreciar a la chica con quien el Varas entretenía su miembro y la reconoció.

—Guarda tu huevada mierda. ¿No ves que le das asco a la señorita? —. Dijo mientras le daba un palmazo en la nuca.

El Tuerto se unió al acto y dejó más claras las cosas.

—Puto huevón. Qué chucha le sacas la verga a mi amiga —. Dijo mientras le daba otro palmazo al Varas —Esta mierda no sabe comportarse —. Agregó.

—Hola Tuerto, qué mierda haces con este huevón. No me digas que a ti también te gustan las grandotas —.

—Claro que sí, amiga, a mí siempre me han gustado las grandotas y gordotas. Qué chucha voy a hacer yo con un pijitas. No se siente nada —.

—jajajajaja. ¿Qué mierda tienes en el cerebro? Tas cagao, yo que pensé que eras hombre —.

—Esta cagada, de hombre no tiene nada. Si supieras lo que yo. Si hubieras visto lo que yo. Para quedarse ciego —. Dijo el Ciego.

—Oye amiguita, y hablando de huevadas, ¿No quieres ir a comer un pollito? —. Dijo el Tuerto.

—Pero yo no tengo ni mierda. Si me invitas, te como lo que quieras —.

—Ya chévere flaquita. Ahorita regresamos. Vamos a solucionar esto —. Dijo el Tuerto.

Caminaba una pareja en la calle de enfrente y mientras.

El Varas se acercó sigilosamente por atrás y rodeó el cuello de la chica con el brazo derecho mientras cogía su bolso con la mano izquierda. Rosó su miembro contra el trasero de la chica y luego la tumbó en el suelo mientras le daba un besito y le susurraba al oído: ¡Qué rico culo tienes mamasita!

Al mismo tiempo, el Tuerto hizo lo mismo con el tipo (salvo la parte del rose verga-culo y la frasecita), pero con más fuerza y brusquedad. Mientras el Ciego metió las manos en todos los bolsillos del chico y se quedó con su villera y su celular.

Dejaron a la pareja tumbada y conmocionada en medio de la calle. Caminaron tranquilamente a la esquina. Esperaron a que la luz se pusiera roja y cruzaron por la línea de cebra.

—Ya está flaquita. Ahora sí vamos —. Dijo el tuerto.

—Ustedes se pasan chicos. Cómo mierda van a tirarlos al piso. La ropa se ensucia. Claro, como ustedes no lavan, qué les importa —.

—Tienes razón flaquita. Eso ya es mucha falta de educación —. Dijo el tuerto. —Ya vez Varas, aprende a ser educado como la señorita —. Agregó mientras le daba otro palmazo en la nuca al Varas.

—Hay flaquita, qué linda y educada eres. De grande quiero ser como tú —. Dijo el Ciego.

—Ya mucho floro. ¿Vamos a comer o no? —. Dijo el Varas.

—Tú siempre tan educado huevon. Ya ya, Vamos. Como si el pollo se va acabar porque nos demoramos un ratito —. Dijo el Tuerto.

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