Humor negro divino

Advertencia: Si es usted muy sensible, por favor no siga adelante.

Provengo de un lugar llamado Huaraz. Es un lugar bonito si se le encuentra el lado bueno (como pasa con casi cualquier cosa). Pero no es de Huaraz que hoy quiero hablar, sino de un poblado aledaño (a unos 40 min en auto). El lugar se llama Yungay. Algún turista entusiasta quizás conozca la historia del lugar. Lo resumo.

Había una vez una pequeña ciudad llamada Yungay hasta que hubo un terremoto que causó un aluvión y la sepultó.

No me iré por alguna historia de tristes connotaciones y finales aún más tristes o felices. Esta es, más bien, una historia de ironía extrema. Entonces y sin más dilación, ahí va la historia.

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Un creyente diría que algo hicieron mal para merecer tal castigo, pero yo me limito a suponer que Diosito tuvo un grave problema familiar con su querida esposa María. Digamos que debió ser algo extremo para que justo en domingo, y en horas de la tarde, con divina premeditación y alevosía, decidiera que Yungay no le gusta y que había que borrarlo del mapa. Y claro, alguien muy religioso me diría que si fuese con premeditación y alevosía ya no podría ocurrir que la causa de la desaparición de Yungay fuese por efecto de una riña marital. Pero volvamos a recordar que hablamos de Dios, el que todo lo puede, el que todo lo sabe. Y que los designios de Dios son inescrutables. Y que si pudieras entender por qué Dios hace lo que hace, su hacer ya no sería divino, sino humano. La idea es que si Dios quiere, puede saber que sepultará un pueblo porque en un futuro tendrá una pelea con su querida esposa y al saberlo, poder planear cómo quiere llevar a cabo dicha sepultura de la manera más elegante posible. O simplemente hacerlo todo a la vez en todos los tiempos necesarios porque Dios lo puede todo.

Entonces Dios encargó la construcción de un hermoso cementerio en la cima de la colina. Claro, no lo encargó como quien va a un albañil y le dice que quiere que le construya un cementerio. Si no más bien en plan; envió a sus ángeles para que mostrasen al albañil que en esa colina debería de existir un cementerio. O en plan; envió a fulanito a pedir la mano de fulanita para que de su unión naciera fulano albañil que fue quien finalmente construyó el cementerio. O en plan, en plena noche salió el sol y a través de las rendijas de la ventana, montando sobre la luz bajó el emisario de Dios. Ya saben, Dios tiene métodos que hacen honor a su grado de divinidad.

Entonces se puede apreciar un hermoso cementerio sobre una colina dominando el paisaje de la ciudad.

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Como estaba destinado, llegó el domingo 31 de mayo de 1970. Y María, que no es tonta, se enteró que Dios pensaba volver a enviar a su hijo a la tierra. Situación que, claro está, no gusta a ninguna madre que se precie de llevar ese enormísimo título. María no estaba dispuesta a soportar que Dios y su inescrutables planes enviaran a Jesucristo a la tierra para que sucediera Dios sabe qué. Podrían hasta crucificarlo. Y María no pensaba soportarlo. No señor. Eso lo solucionaban ese mismo día.

Así que dicho día, llena como estaba de rabia, simplemente se negó a realizar cualquier trabajo doméstico. Y Dios, como todo el mundo sabe, no se mete en esas cosas y la rebeldía de María lo enfureció. Tenía hambre y para colmo María le reclamó sobre la suerte de su querido hijo. A lo que Dios sólo atinó a decir que debería tener fe. María, como es comprensible, ya no se la creyó otra vez, que la última vez que le dijo que tuviese fe resultó con la panza. Y le vinieron con el espíritu santo y la inmaculada concepción. A lo que Dios replicó que se le advirtió que engendraría al hijo de Dios. Y María, joven como era, no podía negarse al hijo de Dios. Dios es Dios. Uno no se puede negar a la tentación de cumplir un deseo divino.

Así que Dios tiró un portazo y salió de la habitación mientras María aún le reclamaba. Miró hacia la tierra y sacudió un poco la tierra. Entonces un tremendo terremoto se propagó por Ancash, que luego partió un trozo de hielo que cayó sobre una laguna que se desbordó y toneladas de barro bajaron desde el cerro. Pero ya me estoy adelantando.

Los preparativos no concluyeron con la construcción del cementerio. También había que salvar a algunas criaturas cuya culpa no estaba clara. Alguien se preguntará de qué eran culpables, a lo que yo sólo recalcaré que los designios de Dios son inescrutables. Digamos que eran culpables y ya. Como en “El proceso”. Y había también que separar polvo de paja y asegurarse que nada se saliese de control. Así que con los métodos ya explicados en los párrafos anteriores hizo que los niños se reuniesen en un circo ambulante montado en una zona que no sería afectada por el pequeño cúmulo de toneladas de barro. Y para asegurarse de que los culpables pagaran por sus pecados hizo que hubiera otra reunión en plena plaza de armas, en medio de todo. Así ningún culpable podría escapar. Sodoma y Gomorra fueron la primera vez de Dios. Y como toda primera vez, no salió tan bien. En ese entonces hasta los niños murieron. Personitas a los que dudo mucho que se les pudiera atribuir un pecado mortal. Aprendidos los errores, Dios se dirigió a Yungay y ahí todo salió perfecto. Supongo que de esa manera quería demostrarle a María que sí sabía lo que hacía.

Y así sucedió. A las 3 y 23 todo empezó. Y claro, luego de que el aluvión cubriera todo, lo único que quedó en pie fue… (Suspenso)… el cementerio. Joder, el cementerio, la única construcción donde no habita gente viva. Y los niños y el circo. Una muestra genuina de macabro humor negro divino y piedad.

PD: Ahora, donde antes estaba la ciudad, hay un campo santo. Y bajo ella está toda la gente sepultada.

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