Lo despreciable de mí

Tengo grabado en la columna vertebral signos de una constante dislocación. Resbala por esa línea el sudor de los años, la rabia de una juventud que ya acaba y unos cuantos dolores que se arraigaron a mi tendido sobre un colchón solitario. En una habitación deshilachada hasta convertirse en hilos sin sentido. Sus paredes han sido testigo y acceso a una redención que mil veces se vuelve a frustrar. Ahí me dolieron los ojos y la boca. Mi garganta aprendió a callar. Mi corazón se hizo un pequeño aparato de supervivencia artificial…

Y en mi cabeza se tendieron redes extensas de lógica y destrucción. Imaginaciones de un paraíso que lentamente declinaba al infierno. Un nodo cargado de información que no se puede desenredar. Nada ha salido de aquí en mucho tiempo y nuevas ideas la invaden sin descanso.

El silencio, cada vez más, me posee. Ya no estoy dispuesto a decir las mismas cosas, ni a repetir lo ya dicho. Las orejas que escuchan me son indiferentes y en el infinito eco de mis rostros, se encuentran las únicas personas que pueden entenderme. Ecos de un yo que se expande, se duplica, se multiplica, cambia, muta y en los días de soberana locura, ya no soy uno ni varios: soy el ser extinto.

Reflejo

De mi nacieron todos los momentos y todas las personas y toda materia y toda realidad. Todo ello está eternamente condenado a una tormenta anclada en un pequeño punto que se vuelve inexistente.

Recalca en mí la sensación de inexistencia y potencia mi locura impaciente, mi atrevimiento, mi instinto de búsqueda del peligro e incertidumbre. Las líneas de la cornisa son cada vez más estables y mi cuerpo sólo desea saltar. Entonces mi reflejo bajo el cielo transmutará mi ser a las estrellas y soñará con un guía a través del espacio sideral. En otros mundos, otros planetas, otras existencias.

Me apenaría comprobar que aún allí, dondequiera que sea, y las veces que sean suficientes; me mostrarían que sigo odiándome como al ser más vil y perverso que puede existir. El vómito de mis entrañas ya no regurgita por mi garganta y se queda conmigo. No hay asco que pueda compensar lo despreciable de mí.

Ventana reflejante

Una sombra se extiende sin descanso por mis ojos. Una mano se acomoda sin prisa por mi garganta. Una navaja se desliza cuidadosamente por mis venas. Una bala vuela lentamente hacia mi frente. Una estaca penetra con naturalidad mi pecho para alcanzar mi corazón. Y el fuego envuelve frondosamente todo mi cuerpo…

Pero ni el universo más extraño y bizarro, pueden tan siquiera tocar lo despreciable de mi ser. Eso permanece ahí y mi odio lo persigue por toda la eternidad, por toda la nada.

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